La siguiente es una transcripción generada por computadora que se ha incluido para que la homilía sea consultable. No ha sido verificada por el autor.
“Cuando los ángeles se fueron al cielo, los pastores se dijeron entre sí, ‘Vamos entonces a Belén a ver esto que ha ocurrido, y que el Señor nos ha manifestado’”.
Los pastores habrían parecido personas muy poco importantes. Habrían parecido pobres, sin educación, y lo eran, por lo que ser pastor no era un trabajo prestigioso. Y allí estaban, en esa noche ordinaria, aburrida y rutinaria, tal vez peor por el frío, sin darse cuenta de que sus vidas estaban a punto de cambiar. Y esto nos recuerda que Dios puede hacer lo que quiera, cuando quiera y con quien quiera. Puede manifestarse, puede actuar de maneras sorprendentes, y también esta noche, en un lugar pequeño como este, con personas sencillas y comunes como nosotros. En esta temporada navideña, he estado compartiendo muchos pasajes de El Evangelio según me fue revelado, de María Valtorta. Y los pastores, en ese relato, desempeñan un papel importante porque este fue un acontecimiento que les cambió la vida, y comenzaron a compartirlo con todas las personas con las que podían hablar. Y así, cuando ocurrió la matanza de los niños pequeños por orden del rey Herodes, que fue un sufrimiento terrible, y la Sagrada Familia acababa de escapar, se culpó a los pastores por ello. Por eso, mucha gente los odiaba y los perseguía, y tuvieron que huir. Pero según su relato, durante esos 30 años en los que no sabían si Jesús estaba vivo o muerto, qué le había sucedido, permanecieron fieles a Él. A pesar de la persecución que fue tan dura para sus vidas, que les afectó tanto, permanecieron fieles a Jesús todos esos años, todos esos 30 años, hasta su vida pública, perseveraron.
Y en su relato, ellos son una de las primeras personas a las que Jesús busca cuando comienza su ministerio público. Y todos ellos, según su relato, todos ellos, eran 12, uno falleció, pero su hijo lo siguió, pero todos ellos permanecieron fieles, a pesar de todos esos largos años de persecución. Y así, como dije, pueden haber parecido personas muy poco importantes, pero creo que a los ojos de Dios se volvieron muy importantes. Y quería compartir con ustedes otro pasaje de su obra esta noche, el pasaje que corresponde a este evangelio, porque creo que nos ayuda a ver la realidad de estos acontecimientos, que no se trata de un cuento de hadas, sino de personas reales, de acontecimientos históricos reales. Así que, según su relato, hay como una docena de ellos, de diferentes edades, los más jóvenes aún son niños, y luego hay hombres de diferentes edades. Y uno de ellos, el día anterior, se había encontrado con José y María cuando llegaban a Belén, y les había dado leche, e incluso les había hablado de este pobre establo, porque dudaba de que pudieran encontrar algún lugar donde alojarse en Belén. Y así, hay una hermosa descripción, muy hermosa, de los ángeles que se les aparecen y cantan su gloria. No quiero alargarme demasiado, no leeré esa parte, pero pueden leerla ustedes mismos. Pero entonces, después, mientras se acercan, después de que los ángeles se marchan, esto es lo que sucede a continuación.
“Los pastores vuelven a la realidad.
–¿Has oído?
–¿Vamos a ver?
–¿Y los animales?
–¡Oh! ¡No les pasará nada! Vamos a obedecer la palabra de Dios…
–¿Pero a dónde iremos?
–¿Acaso no dijo que había nacido hoy? ¿Y que no encontraron alojamiento en Belén?
Es el pastor que le dio la leche a María anteriormente, quien está hablando ahora.
–Venid conmigo, sé dónde está. Vi a la mujer y sentí pena por Ella. Les dije a dónde ir, por Ella, porque pensé que quizá no encontrarían alojamiento, y le di leche al hombre para Ella. Es tan joven y hermosa, y debe ser tan buena y amable como el ángel que nos habló. Vamos. Tomemos leche, queso, corderos y pieles curtidas. Deben ser muy pobres… ¡y me pregunto qué tan frío estará Aquel cuyo nombre no me atrevo a pronunciar! ¡Y pensar que hablé con la Madre como hablaría con una esposa pobre!
Entran al cobertizo y salen poco después, unos con pequeñas vasijas de leche, otros con pequeñas redes que contienen quesitos redondos, otros con canastas con un corderito que bala, y otros con pieles curtidas.
–Yo les llevo una oveja. Parió hace un mes. Su leche es muy buena. Les servirá si la mujer no tiene leche. ¡Me pareció una jovencita, y tan pálida! – dice el pastor que dio la leche.
Y los guía. Parten a la luz de la luna, ayudados por sus antorchas. Rodean Belén. Llegan al establo… Se acercan a la entrada.
–¡Entra tú!
–¡Yo no me atrevo!
–¡Entra tú!
–No.
–Al menos mira.
–Tú, Leví, que viste primero al ángel —obviamente porque eres mejor que nosotros— mira tú.
Antes habían dicho que estaba loco… pero ahora les conviene que él haga lo que ellos no se atreven. El muchacho vacila, pero luego se decide. Se acerca al hueco, corre un poco el manto a un lado, mira… y queda arrebatado.
–¿Qué ves? – le preguntan ansiosos en voz baja.
–Veo a una joven hermosísima y a un hombre inclinado sobre un pesebre, y oigo… oigo a un niñito llorar, y la mujer le habla con una voz… ¡oh, qué voz!
–¿Qué dice?
–Dice: “¡Jesús, pequeñito! ¡Jesús, amor de tu Mamá! No llores, Hijito”. Dice: “¡Oh, si pudiera decirte: ‘Toma un poco de leche, pequeñito’, pero todavía no tengo!”. Dice: “¡Estás tan frío, Amor mío! ¡Y el heno te pincha! ¡Cómo le duele a tu Mamá oírte llorar así y no poder ayudarte!”. Dice: “¡Duerme, alma mía! Porque se me parte el corazón al oírte llorar y ver tus lágrimas”. Y lo besa, y debe de estar calentándole los piececitos con las manos, porque está inclinada con los brazos dentro del pesebre.
–Llámala. Que te oigan.
–No quiero. Llámala tú, porque tú nos trajiste aquí y tú la conoces.
El pastor abre la boca, pero solo le sale un gemido apagado. José se vuelve y se acerca a la puerta.
–¿Quiénes son?
–Pastores. Les traemos un poco de comida y algo de lana. Hemos venido a adorar al Salvador.
–Entren.
Entran, y el establo se hace más luminoso por la luz de las antorchas. Los mayores empujan a los jóvenes hacia adelante. María se vuelve y sonríe.
–Vengan – dice Ella – ¡Vengan!
Y los invita con Su mano y Su sonrisa. Toma al muchacho que vio al ángel y lo atrae hacia Sí, junto al pesebre. Y el muchacho mira, y está feliz. Los otros, invitados también por José, avanzan con sus dones y los colocan a los pies de María con unas pocas palabras sentidas. Luego miran al Niño, que llora un poco, y sonríen conmovidos y dichosos. Y uno de ellos, un poco más atrevido que los demás, dice:
–Madre, tome esta lana. Es suave y limpia. La preparé para mi niño que está por nacer. Pero se la ofrezco a Usted. Acueste a su Hijo en esta lana. Será suave y cálida.
Y le ofrece la piel de oveja, una piel hermosa, cubierta de lana blanca y suave. María levanta a Jesús y lo envuelve en ella. Y se lo muestra a los pastores, que, de rodillas sobre el heno, lo miran con entusiasmo. Le dan leche de una de las ovejas.
–Pero no pueden quedarse aquí. Hace frío y está húmedo Y… hay demasiado olor de animales. No es bueno… no es bueno para el Salvador.
–Lo sé – responde María con un profundo suspiro – Pero no hay lugar para nosotros en Belén.
–Ánimo, Mujer. Les buscaremos una casa.
–Yo hablaré con mi patrona – dice Elías – Es buena. Los recibirá, aunque tuviera que darles su propio cuarto. Apenas amanezca, se lo diré. Su casa está llena de gente. Pero encontrará lugar para ustedes.
–Para mi Niño, al menos. José y yo podemos acostarnos en el suelo. Pero para el Pequeñito…
–No se preocupe, Mujer. Yo me encargaré. Y les diremos a muchos lo que nos dijeron. No les faltará nada. Por ahora, reciban lo que nuestra pobreza puede darles. Somos pastores…
–Nosotros también somos pobres. Y no podemos recompensarlos – dice José.
–¡Oh! No lo queremos. Aunque pudieran pagarlo, no lo querríamos. El Señor ya nos ha recompensado. Él prometió paz a todos. Los ángeles dijeron: “Paz a los hombres de buena voluntad”. Pero Él ya nos la dio, porque el ángel dijo que este Niño es el Salvador, que es el Cristo, el Señor. Somos pobres e ignorantes, pero sabemos que los Profetas dicen que el Salvador será el Príncipe de la Paz. Y Él nos dijo que viniéramos a adorarlo. Por eso nos dio Su paz. Gloria a Dios en el Cielo Altísimo y gloria a Su Cristo aquí, y bendita seas Tú, Mujer, que lo diste a luz: ¡eres santa, porque mereciste llevarlo! Danos órdenes como nuestra Reina, porque estaremos felices de servirte. ¿Qué podemos hacer por Ti?
–Pueden amar a Mi Hijo y conservar siempre los mismos sentimientos que tienen ahora. Que Dios los recompense. Los recordaré, a ti, Elías, y a cada uno de ustedes.
–¿Le hablarás a tu Niño de nosotros?
–Claro que sí.
–Yo soy Elías.
–Y yo soy Leví.
–Y yo Samuel.
–Y yo Jonás.
–Y yo Isaac.
–Y yo Tobías.
–Y yo Jonatán.
–Y yo Daniel.
–Y yo Simeón.
–Mi nombre es Juan.
–Yo soy José y mi hermano Benjamín; somos gemelos.
–Recordaré sus nombres.
–Tenemos que irnos… Pero volveremos… Y traeremos a otros para adorarlo.
–¿Cómo podremos volver al redil, dejando al Niño?
–¡Gloria a Dios, que nos lo ha mostrado!
–¿Nos permitirás besar Su ropita? – pregunta Leví, con una sonrisa angelical.
Y María levanta lentamente a Jesús, y sentándose sobre el heno, envuelve los pequeños pies en lino y los ofrece para ser besados. Y los pastores se inclinan hasta el suelo y besan los piecitos, velados por el lino. Los que tienen barba se la limpian primero; así todos están llorando, y cuando deben irse, salen caminando hacia atrás, dejando allí sus corazones”.
Así pues, este relato nos recuerda que Jesús quiere acercarse a personas comunes y corrientes como nosotros, y nos invita a darle la bienvenida en esta misa. Una de las dos mujeres que conocí en Monterrey, que compartieron sus mensajes conmigo, impartió una enseñanza sobre la adoración. De hecho, es una enseñanza sobre la adoración que hemos utilizado a menudo en los Encuentros con Jesús que hemos impartido. Y, cuando se habla de la adoración, la adoración de la Sagrada Eucaristía, se pone como ejemplo a los pastores. Se dice que los pastores pueden enseñarnos. Se habla de la importancia de este poderoso acto de adorar a Jesús, que atrae tantas gracias del cielo. Y se dice que los pastores son modelos de adoración. Y una de las cosas que se destaca es su fe. Para la adoración, necesitamos fe. Y como creyeron lo que les dijo el ángel, no dudaron, creyeron y actuaron según lo que les dijo el ángel. No quiero decir, para algunos de ustedes, que he estado compartiendo lo que dijo Juan de la Cruz. Es bueno que no hubieran leído a Juan de la Cruz en ese momento. Pero los pastores creyeron lo que les dijo el ángel, respondieron y fueron.
Y así, el Señor nos invita en la oscuridad de nuestro tiempo a aceptar los dones y las gracias, la luz, los mensajes que nos está compartiendo en nuestros tiempos. Y al igual que los pastores, son los humildes los que reconocen la voz de Dios. Muchas veces, los cultos se vuelven orgullosos, arrogantes, y a veces también los incultos son orgullosos y arrogantes y no están abiertos a Dios. Así, los pastores dan ejemplo de humildad al realizar un acto de fe. Recordemos lo que dijo Jesús: “Padre, te doy gracias porque lo que has ocultado a los sabios y a los eruditos, lo has revelado a los pequeños”. Así, los pastores son humildes, realizan un acto de fe y, además, no se centran en sí mismos. La adoración nos saca de nosotros mismos. Nos ayuda a escapar de nuestro egocentrismo, de nuestro ego, y a volvernos hacia Dios. Además, los pastores dieron; eran pobres, pero dieron desde su pobreza. Y nosotros podemos dar desde nuestra propia pobreza, dar nuestro tiempo a Dios, como lo están haciendo ustedes ahora mismo, esta noche. Dar nuestra confianza, darle nuestra adoración, darle nuestro amor, los sacrificios y el sufrimiento de nuestras vidas. Darle el deseo de ser mejores personas. Y podemos hacer todo eso esta noche, cuando Jesús viene en la Sagrada Eucaristía, con estos pastores de Belén, estos humildes y grandes pastores de Belén, con los ángeles que se les aparecieron esa noche, con nuestra Santísima Madre y José.
Y sabemos que, en cada misa, bueno, en cada misa dominical, cantamos el Gloria, y el Gloria tiene su origen en los ángeles que se lo revelaron a los pastores en esa gran noche del nacimiento de nuestro Salvador. Y así, junto con los ángeles y los pastores, también nosotros podemos decir y proclamar en nuestro corazón, con espíritu de adoración: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad. Te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, porque solo tú eres el Santo, solo tú eres el Señor, solo tú eres el Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre”. Venid, adorémosle. Amén.






